El amante de Doris era un viejo marine

doris

La encontré llorando en el segundo piso del edificio. Las perlas seguían brincando por las escaleras. Estaba sola, en extremo elegante, con el rosto descompuesto y la correa de Susi en la mano. La saludé. Levantó la mirada y estiró los brazos para que descendiera hasta ella.

-Señor, él ha muerto- susurró. Por un momento no supe si se trataba de un reclamo celestial o si en realidad estaba justificando el motivo de su abrazo. Recordé que además de las operadoras del Bank of America, ella es la única persona que me llama Señor. Estaba hablando conmigo y yo deseaba estar muerto con él, con quien quiera que fuera él.

Había comenzado a oscurecer. La mujer del segundo piso gritaba desgarrada. Su hijo corría como un potrillo desbocado y el sonido de los floreros cayendo contra el suelo se escuchaba en las paredes de las escaleras. Doris seguía abrazándome. -Un día de estos va a ocurrir una tragedia- dijo. No respondí. -Hablo de los Espada, los floricultores-. Intenté soltarla. El abrazo no era desagradable, Doris olía bien, tenía el pelo limpio y esponjado, blanco.

-Doris, le dije, entre a su casa.

-Tengo una botella de vodka, respondió.

-Está bien.

Los Espada se habían callado.

-Ahí está el grupo de gente que se reune a leer la biblia en el tercer piso, dijo.

-No los conozco, Doris.

-Una vez me invitaron, pero no me gusta la gente que habla con la boca llena.

-Eso está bien, Doris.

-¿En dónde está Susi? preguntó.

-La ví subir.

-Pobre! debió asustarse cuando rompí el collar.

-Qué gesto más ridículo, Doris.

-Nunca habíamos conversado, Señor.

-No, Doris. Nunca.

-¿Quiere tomar un trago conmigo?

-No.

-Está bien.

-Desearía estar muerta.

-Doris, no sea cursi, suficiente con el gesto del collar.

-Es cierto. No quiero estar muerta.

-¿Usted conoce a los Espada? me preguntó.

-No, no me gusta la gente que regala flores.

-Entiendo. ¿Algún trauma?.

-¿Cómo? Oh no, Doris. ¿Por qué piensa eso?

-No lo sé, dijo.

¿Por qué me sigue abrazando?, preguntó.

-Sentí que era capaz de hacerlo bien.

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Un comentario en “El amante de Doris era un viejo marine

  1. Esto es como mirar un atardecer hermoso con partículas de quién sabe qué metidas en el ojo, dificultando amablemente, como quien no quiere la cosa, semejante visión.

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