Criaturas insensatas

ochoballenitas

 

-No perdono la idea que tiene en la cabeza.  ¿Qué me importa si finalmente es eso: una idea que está en su cabeza? Así es. Esa idea, un insecto que revolotea por los dos hemisferios en los que está dividido aquel mundo rosáceo, saldrá algún día, medio despierto, por uno de sus oídos y, sin quererlo, volará hasta la nariz de quien tiene escondido entre sus manos el botón rojo. Entonces, lo soltará y el fin del mundo, una vez más…. Sí, buenos días, otra vez.

-Disculpe, ¿habla conmigo?.

-No hemos dicho nada hace más de quince minutos, pero sí, hablo con usted.

-Tengo los audifonos puestos.

-!Qué suerte! Reténgalo ahí, guárdelo para que nada interfiera con nuestro anhelo.

-¿Cuál anhelo, la isla de basura del pacífico?

-No, por favor, no necesito sus recuerdos del mundo.

-Usted no habla conmigo.

-Lo sé y le recuerdo: este viaje durará los días que pueda contar desde la última vez que le sangró la nariz hasta hoy. Sus hermanos no fueron mejores que los míos. Soportaron, y con eso quiero decir: se fastidiaron con la cercanía del aliento y el saludo de mano con los vecinos. Ah! no era cordialidad, eran más jóvenes, simplemente. El mundo era más jóven. Ahora, mire bien: nadie habla realmente. ¿No es hermoso? Entenderá, no se puede hablar mientras se pierden los ojos en un incendio blanco.

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