Las partículas de polvo en los escotes de las mujeres

Captura de pantalla 2013-09-22 a la(s) 14.06.27

Texto publicado en Rizoma|Cali No.1

1.

Observé la escena en silencio. Cuando terminaron los abrazos, besos y preguntas entre mi hija y la Sra. Sintura, logré una sonrisa de corta dimensión. Luego llegó el momento de saludarme, de felicitarme por mi cumpleaños y por el compromiso de mi hija, entonces pude, con gran maestría, susurrar unas pocas palabras de bienvenida que disimularon la tormenta que había estallado en mi cabeza y que había bajado hasta mi intestino.

“Qué asco” pensé.

Horacio daba vueltas alrededor del comedor tratando de cazar una mosca. El perro estaba confundido. Jamás había visto un insecto como ese, debió entrar cuando Albita abrió la puerta.

La Sra. Sintura y Albita se sentaron en la sala.

Todo ha terminado, le dije a Trujillo en la cocina. Esto se ha convertido en una estúpida fiesta de bienvenida.

Me dio una palmadita en la espalda y salió con una bandeja de pistachos.

Corrijo -dije en voz alta de nuevo- ahora sí, todo ha terminado. Revisé con la mirada el cordon bleu, la ensalada de fresas, el arroz, y tras unos segundos salí corriendo al baño de atrás.

“Ya no necesitas a tu madre, hija”. No, jamás diría eso. Tal vez podría decir “Lo siento” tras derramar el vino en la blusa rosa de la Sra Sintura, pero quizás Trujillo quiera intentar hacer el amor en la madrugada, medianamente excitado al recordar el momento del “accidente”. No, por Dios, prefiero morirme a generar alguna clase de intensión en Trujillo. Se quedará dormido antes de derramar algo, se me quitará el sueño, he intentaré ahogarlo otra vez.

Andrea suelta el inodoro, rocía el ambientador, y sale. Regresa a la cocina. Faltaban algunas gotas de limón sobre la ensalada.

-Estoy un poco indispuesta, hija.

-¿En dónde estabas? – pregunta Albita.

-En la cocina, mi amor.

Mira esto – dice Albita-  acercándole unos papeles.

-¿Les escribiste un poema?

-No, mamá. Son los pasajes para la luna de miel.

2.

Juan Guillermo se acerca con un vaso de agua.

-Escuché que te sientes mal.

-Así es, querido, gracias.

Juan Guillermo sonríe con su boca de joven. Se agacha a acariciar a Horacio que se ha quedado dormido tras el fracaso en la casería. Juan Guillermo es un muchacho sin alma, un pedazo de arcilla al que Albita ha terminado de dar una última pasada antes de inmovilizarlo para siempre. Otro muerto, pensé. Podrás llamarte a ti misma mujer de ciencia, una intelectual, quizás, pero siempre vas a desear que pierdan su mirada en la luz de tu entrepierna. Juan Guillermo olía bien, se vestía bien, comía estupendamente bien y sus modales no tenían la más mínima imperfección, pero estoy segura de que jamás se ha mirado ni siquiera su propia entrepierna.

De pronto vi que la Sra. Sintura se desvanecía en el sofá. Había muerto mientras Albita le mostraba su anillo de compromiso, el trofeo de su buena suerte. Juan Guillermo la sacudió y comenzó a reanimarla con sus propias manos. Albita gritaba y Trujillo llamaba una ambulancia. No la maté, pensé. Entonces, ¿qué clase de inoportuna se viene a morir a mi casa el día de mi cumpleaños, el día en que mi hija anuncia su matrimonio? La Sra. Sintura era la madrina de mi hija, mi mejor amiga en la universidad, la primera novia de mi hermano, pero el tiempo había pasado…mi hija no necesitaba una madrina, yo no necesitaba una amiga y mi hermano es el astrólogo del programa de las tardes en el canal regional, él tampoco la necesitaba. Qué incómodo, dije, y Albita me atravesó con su mirada de niña humanitaria y católica (yo la llevé a la iglesia, sí, pero le dije que se alejara del cura. ¿Acaso no lo entendió?). Empiezo a dudar de la educación que recibió mi hija. Tal vez todo fue muy confuso. Este no es el momento para pensar en eso.

Horacio ladra y el eco retumba en el salón. Entran las personas del servicio médico, extienden el cuerpo rígido y hablan por radioteléfono. Albita llora sobre el pecho de la Sra. Sintura. Jamás se imaginó esto mientras recortaba de las revistas los vestidos de novia y los tips para las cenas de cumpleaños, de compromiso y fiesta de bodas.

Tengo que volver al baño. Esto no me ha caído nada bien.

 

 

3.

Ojalá la Sra. Sintura hubiera muerto en la sala de mi casa, pero cuando regresé de mi habitación seguía conversando con mi hija. Tendré que recostarme de nuevo.

Mi marido habla eternamente sobre la encuesta que hicieron entre el personal de la empresa. “No lo esperaba” repetía. ¿Acaso ganaste un Grammy, querido? Sólo te eligieron como el “mejor jefe”, no es tan difícil leer el significado de aquella ironía. Me aferré a la cama cuando escuché que, por quinta vez, comenzaba la anécdota sobre cómo había sido la entrega del premio.

Hija, cásate ya. No traigas personas a mi casa y si puedes llévate a tu padre. Quiero estar sola. Esa será mi regalo de cumpleaños. La Sra. Sintura ha venido a revolverme el estómago.

¿Cuánto pesa una partícula?

Albita, Juan Guillermo, La Sra. Sintura, y Trujillo salen al balcón. Un viento huracanado supera la fuerza de gravedad de los cuerpos y salen volando. Desaparecen tras la montaña.

Ese es el final de uno de los cuentos que le leía a Albita cuando se metía en la cama. Justo en la edad en la que comenzó a construir en su cabeza la imagen del que pronto será su marido. Eran los días en los que llegaban a casa novelas venezolanas por los canales de aire. Yo estaba cansada, no quería explicarle que me había equivocado, que nunca tendría tanta arcilla para moldear un príncipe perfecto, que estaba preparando su cerebro para la infelicidad, que su mejor amiga llegaba a nuestra casa llorando porque había visto cómo su madre acariciaba a la empleada y que la gente de la televisión está hecha de aire. Estaba cansada porque había intentado durante 60 años y sin ningún resultado, que mi marido me quitara las bragas, o que al menos me mirara cuando salía de la ducha. Estaba cansada para decirle a mi niña que volverse translúcido es putamente agotador.

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