Un laberinto de helechos

mujeres_plantas

Texto publicado en Rizoma|Cali N.2

Ilustración: Pixel004

Si el Príncipe no hubiera llegado siempre a su casa preguntando vainas como “¿qué hace ese tetero en la sala?” sin siquiera saludar a su mujer, tal vez las cosas serían diferentes hoy. Pero la historia fue así: la Doña se fue perdiendo entre las enredaderas de la casa hasta que desapareció en medio de un laberinto vegetal. Se salvó.

Hoy, pasados más de 20 años, el último recuerdo que se mantiene en la memoria del anciano Príncipe tiene que ver con la fiesta de pascua que celebraban el día después de la navidad en la casa de sus cuñados, con sopa de maíz y pollo al horno. Un banquete del que siempre desconfió, porque lo sumía, sin objeciones, en una siesta profunda que nunca fue de su agrado.

Ese día, mientras la Doña repartía aguardientes a sus cuñados y sobrinas, el Príncipe tuvo un sueño: su mujer bailaba sola la famosa Fiesta del Quinteto Melódico, en uno de los solares de la casa. Sola, regocijada en una felicidad que jamás compartió con él. Celoso, encontró ofensivos los 4/4 del fox. Su mujer bailaba cuando una lluvia de cenizas le cubrió el pelo y el vestido. El árbol brasilero que se levantaba en el lugar ardía en incontrolables llamas plateadas. La Doña notó su presencia y sin pronunciar palabra se mordió el interior de la mejilla izquierda durante varios minutos, haciendo una mueca de infelicidad bastante original. Así inmortalizó el gesto más amargo que el Príncipe recordaría al final de su vida.

La siesta duró hasta que escuchó los ruidos de un caballo que pasaba cerca de la ventana. El olor a mierda equina se fue colando, perezosamente. La cabalgata debía estar terminando a unas cuantas cuadras, pero ese día los antejardines del barrio se convertían en caballerizas y cantinas ambulantes, así que el caballo merodeando no era nada del otro mundo. El Príncipe salió con la cabeza aplastada por la almohada, buscando a su mujer. La gente se había ido y los desagradables pincher miniatura que vivían en la casa se peleaban las sobras de comida. Una niña atravesó el pasillo principal patinando, y no hubo tiempo de ver quién era. No la llamó, y la olvidó en el acto. Ya era de noche, tenía la saliva espesa, como la de los caballos; sintió sed, sintió ganas de orinar, pero se sentó en el comedor a tratar de organizar sus ideas. Un estruendo hizo retumbar las paredes y la cristalería, pero no logró identificar si se trataba de algunos disparos o de cohetes decembrinos. Vio el saco de su vestido colgado en una de las sillas de la sala, se levantó a recogerlo y tomó un cigarrillo del bolsillo interior. Miró cómo se quemaba y recordó el sueño. Agarró uno de los portarretratos del bifé y no reconoció a nadie en la fotografía, al fin y al cabo esa no era su familia, pensó.

La Doña entró a la sala. Tenía el pelo esponjado pero escaso. Se paró junto a él y le organizó el saco, la corbata y lo peinó con los dedos. Salieron caminando con algunas bolsas en la mano.

-¿Por qué no me despertó? preguntó el Príncipe.

-No lo sé, estaba profundo–respondió ella, haciendo ruido con las bolsas.

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